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¡Qué patito tan feo! No podemos soportarlo.
Y uno de los patos salió enseguida corriendo y le dio un picotazo en el cuello.
—¡Déjenlo tranquilo! —dijo la mamá—. No le está haciendo daño a nadie.
—Sí, pero es tan desgarbado y extraño —dijo el que lo había picoteado—, que no quedará más remedio que despachurrarlo.
El patito feo, Hans Christian Andersen (1875).
Separados por más de treinta años en edad y por varios miles de kilómetros en distancia, el argentino Manuel Puig (1932-1990) y el puertorriqueño Ángel Lozada (1968-) ofrecen relatos de infancia con visos autobiográficos que resisten el final feliz para complicar ideas rígidas de normalidad, madurez y expresión. Sus protagonistas son niños inteligentes e imaginativos marginados por sus actitudes no-normativas en los contextos machistas donde están creciendo y definiendo su identidad. La incapacidad de ambos para encarnar cánones patriarcales de masculinidad los relega a las márgenes, desde donde utilizan diferentes estrategias para mantener autonomía y probar discursos que los puedan narrar sin vergüenza. Toto encuentra en el mundo del cine de Hollywood posibles identificaciones que lo emocionan y lo conectan con su madre, mientras que Tato adopta los discursos televisivos de las telenovelas y la religión fervorosa para narrarse en el éxito y el amor. Pronto, sin embargo, ambos descubren que apropiarse de esos discursos artificiosos no es una táctica efectiva contra la violencia con la que la sociedad patriarcal los intenta “reformar.” Si el problema de Toto es combatir la claustrofobia de un pueblo de provincia y sus valores machistas burgueses, el de Tato es escapar de Mayagüez y de la violencia homofóbica que han ejercido y ejercen contra él.
Con estructuras polifónicas experimentales y miradas satíricas que no temen la fuerza del humor cruel como arma retórica y filosófica (Bergson 1901, Billig 2005), las dos novelas, al igual que sus protagonistas, resisten la normalización y proponen–no sin dolor, voces y espacios originales y alternativos.