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¿Cómo se resiste la poesía al estado actual del lenguaje en “general”, que vivimos como perdida? Una de las novedades de nuestra época resulta de una profunda transformación de la naturaleza del trabajo, que se equipara a comunicación; vivimos una identidad entre producción material y comunicación lingüística (Virno, «El intelecto ‘just in time’»). Al capital cultural de Bourdieu habría que añadir, a modo de especificación, el capital semiótico. El trabajo ahora presupone un catálogo indefinido de posibilidades operativas que son articuladas por el conjunto de prestaciones lingüísticas del trabajador. El poeta también pone a trabajar un capital semiótico, en su vida de ciudadano y de poeta.
La disponibilidad de todo el repertorio de formas y experiencias poéticas hace estallar la posibilidad crítica y deja intacta la lógica productivo-cuantitativa aplicada al arte (Milán 2011:24). Por ello, la insistencia en formas poéticas de experiencia tomadas del repertorio desemboca en procesos de interpelación/subjetivación que necesitamos cuestionar.
Proponemos observar cómo tres poetas encaran el problema de la lírica ante este estado del lenguaje: Emilio Lafferranderie (Caracteres, 2009) se repliega a espacios mínimos, sin coordenadas, y busca inutilizar la palabra. Rafael Espinosa (Amados transformadores de corriente, 2010) ironiza, busca sacar el sonido y el lenguaje de los espacios interiores y propone una sociedad de sujetos un poco afásicos, telépatas, como radios o islas de edición. Magdalena Chocano (Contra el ensimismamiento, 2005) insiste en los restos de un espacio lírico, apagado, hecho de silencios, luces y sombras, donde, a pesar de la primacía del tener, subsiste un sentir.