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En los libros Alicia, nos dice Lewis Carroll, Alice se arroja, por aburrimiento y atontamiento veraniego, a un agujero, persiguiendo el propio sueño, sin detenerse a pensar demasiado en la salida, o atraviesa un espejo (un trampantojo) para encontrarse con un tablero desquiciado donde los nombres retroceden hasta el infinito. La caída de Alice en la madriguera del Conejo Blanco, ese Rabbit-hole que equivale a un wormhole (en los dos casos, se trata de modelos topológicos hipotéticos que conectan coordenadas espacio-temporales de forma no lineal), es, al mismo tiempo, la definición de un paso de vida (¿qué clase de animales encontrará uno en esa madriguera a la que se arroja?). En su discusión con Alice sobre la ventaja de no cumplir años, Humpty-Dumpty mira un cuaderno al revés y reconoce su error alegremente, es decir, con espíritu gay. Y agrega que ya había pensado que se veía, así, invertido, un poco queer.
Lewis Carroll es apenas un prerrafaelista. Para comprender cabalmente las implicaciones de su teoría de los nombres habrá que esperar a Copi (que adoraba los libros Alicia), quien pone las mismas topologías y los mismos ritornellos temporales al servicio de una teoría de lo queer (es decir: lo innombrable) que, ahora, es subsidiaria de una ética barroca: el corazón del siglo XX (que Copi toca una y otra vez, para sentirlo palpitar) no pasa por la vanguardia (Apollinaire) ni los procesos de depuración heredados de Hegel, sino por un neobarroco que es la contracara del propagandizado por Sarduy.