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En la modernidad, el paisaje fue una manifestación clave del ensamblaje que articulaba la fotografía y la industria turística con la reconfiguración de un espacio organizado en centros y periferias y un tiempo sincopado entre el trabajo y el ocio. La cámara se difundía como herramienta de autentificación del individuo ocioso — es decir, libre de sus obligaciones profesionales y por tanto mostrando su cara más auténtica, sea en los hitos de la vida familiar y afectiva o viajando por lugares lejanos de la rutina cotidiana. El paisaje turístico ofreció al sujeto moderno el escenario donde mostrarse (ante la cámara) en autenticidad y plenitud. La fotografía artística del paisaje siempre había reclamado una dimensión de autonomía respecto de esa ‘falsa autenticidad’ prometida por su contraparte turística; pretensión que no hacía sino reproducir los presupuestos de ésta última y expandiendo su catálogo de destinos todavía ‘inexplorados’. Últimamente, la fotografía digital y celular (que surgió paralela al desdibujamiento de los límites entre tiempos y escenarios del trabajo y del ocio) volvió redundantes muchos de esos usos y prácticas del dispositivo fotográfico: ¿sería ahora, recién, que estarían dadas las condiciones para que surja un paisaje fotográfico? ¿O puede la fotografía ya solo constatar el ‘fin del paisaje’ en un espacio pos-turístico que corresponde a un tiempo indiferenciado? A estos interrogantes quiere contestar la ponencia analizando series fotográficas de, entre otros, Julieta Escardó, Ignacio Iasparra, Esteban Pastorino y Rodrigo Casanova Moreno.