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La obra del fotógrafo chileno Sergio Larraín (1931-2012) ha sido leída bajo el signo de la excentricidad: un joven chileno que compró su primera cámara a los 17 años, que a los 25 vendió sus primeras imágenes al MOMA, que a los 28 comenzó a trabajar en la agencia francesa MAGNUM, que inspiró el cuento “Las babas del diablo” de Julio Cortázar, que regresó a Chile y que abandonó todo para separarse del mundo, vivir cerca de la tierra, criar a su hijo y enseñar Yoga a los campesinos en una localidad cercana a Ovalle, en el norte chileno. En definitiva, la lectura de la obra de Larraín se basa en la idea de ruptura y de abandono. Su obra se enmarca dentro de la modernidad fotográfica y es esencialmente urbana. En este trabajo, a partir de la observación de sus fotografías (principalmente aquellas relacionadas con la infancia y los animales), del estudio de sus procedimientos (el encuadre, el fuera de campo, la presencia de distintos planos y el desenfoque) y a través de la lectura de algunas de sus cartas en donde reflexiona en torno a la fotografía y la vida (entendida como bios), pretendo cuestionar la lectura moderna que supone una ruptura radical en la obra del autor. Estas fotografías otorgan presencia y movilidad a niños y animales, de modo que en su trabajo se puede trazar una continuidad a partir de las nociones de comunidad e inmunidad, definidas por Roberto Espósito. De este modo, desde un punto de vista biopolítico, la obra de Larraín adquiere una contemporaneidad que cuestiona la formas tradicionales de entender el arte, la vida y la comunidad.