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Entre amplios sectores de clase media latinoamericanos, existe una verdadera obsesión por conservar sus cuerpos delgados y atléticos y evitar el sobrepeso y la obesidad.
Desde hace más de dos décadas se reitera que la obesidad se vincula con el incremento de la morbi-mortalidad debida a enfermedades crónicas no transmisibles (hipertensión, diabetes, infartos). Al establecerse el Índice de Masa Corporal (IMC), como el indicador más utilizado para establecer el estado nutricional, se busca instruir a toda la población (sin tomar en cuenta su heterogeneidad biopsicológica y social) para que procure mantenerse en los límites de su IMC mediante la vigilancia estricta del peso, el seguimiento de una dieta equilibrada y la práctica de ejercicio físico.
Los discursos generados por la epidemiología hegemónica hablan de una epidemia que debemos combatir y contribuyen a la estigmatización de las personas obesas.
Los procesos discriminatorios en torno a la obesidad aparecen ya en la primera infancia en el entorno de la propia familia y a través del grupo de pares en el medio escolar. Los resultados de una investigación con estudiantes de la licenciatura en Nutrición realizada en México sugieren que durante su etapa de formación van adquiriendo habilidad en el manejo de una serie de saberes y técnicas que buscan evitar lo que consideran amenazas al control de la ganancia de peso y de los apetitos y deseos espontáneos de los cuerpos de las y los pacientes. En el imaginario de estas/os futuros profesionales es legítimo el derecho del personal de salud a exigir a las personas obesas un cambio, a insistir en que se acerquen a la norma fijada por el IMC, a culpabilizarlas por ser diferentes, a buscar explicaciones de por qué se han apartado de la norma y a utilizar todas las medidas posibles (incluido el bypass gástrico) para que regresen a ella.