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En los años cincuenta, Cuba se consideraba una potencia de la publicidad en el continente, solo superada por Estados Unidos. Las grandes marcas norteamericanas diseñaban y ensayaban en la Isla las campañas posteriormente implementadas en América Latina.
El triunfo de la Revolución condujo a la desaparición de esa práctica: los medios de comunicación fueron nacionalizados, las firmas anunciantes se retiraron y con ellas las agencias de publicidad.
En la década del 90 del siglo pasado surgieron varias agencias publicitarias con un objetivo muy delimitado por el Departamento Ideológico del Comité Central del Partido Comunista de Cuba: promocionar servicios de empresas estatales. La instancia partidista excluye, de manera expresa y hasta hoy, al sector privado.
En la actualidad, la apertura a los negocios particulares y a la inversión extranjera ha traído nuevamente la necesidad de publicitar las iniciativas privadas. Sin embargo, las normativas del gobierno referentes al cuentapropismo contienen un vacío legal en este sentido. En él conviven la necesidad de comunicación de un sector pujante, junto a quienes han sabido aprovechar, de forma creativa, esa demanda, por lo general, al margen de la ley.
Un emergente negocio publicitario, lucrativo, que utiliza recursos novedosos y reta al Estado, impone nuevas relaciones económicas y comunicativas. Pero, ¿hasta qué punto cambiará la dinámica comercial y comunicativa cubana?