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Con el triunfo de la Revolución Cubana en el año 1959 se configuró una economía caracterizada por la hipercentralización por parte del Estado a todas las escalas. Actividades como la publicidad y el diseño desaparecieron desmontadas como “expresiones de un sistema capitalista” incompatibles con los “nuevos tiempos”. Otras como la arquitectura languidecieron sofocadas entre la burocracia, la “prefabricación limitada” y la escasez de recursos.
En años recientes, comenzaron a instrumentarse una serie de medidas como parte de los llamados “Lineamientos de la política económica y social del Partido y la Revolución”, encaminadas a descentralizar y dinamizar determinados sectores económicos, fundamentalmente aquellos relacionados con los servicios y el desarrollo local, y con el propósito explícito de oxigenar económicamente una sociedad que en las últimas décadas se ha encontrado sumergida en la precariedad.
Este es el contexto socioeconómico que brinda nuevas oportunidades al tiempo que impone retos a creativos de diferentes sectores, los cuales comienzan a impactar desde su campo de acción —el de la cultura— el árido paisaje urbano con soluciones de diversas calidades, tanto funcionales como estéticas, y con escaza regulación de su actividad. Emerge entonces un rico conjunto tipológico de creadores: aquellos que ya existían conviviendo con los “emergentes”, con nuevas rutinas productivas e ideologías profesionales a la medida de las expectativas y demandas de los nuevos clientes. Sobre los cánones estéticos que se legitiman, y el gremio de los diseñadores y sus producciones antes y después de dichas transformaciones, se centrará la presente investigación.