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En esta ponencia presentaré una investigación de campo que realicé en el año 2010 en la Estación Migratoria de Tapachula, Chiapas, con niños y niñas migrantes salvadoreños que en ese año solicitaron refugio en México. Estos menores de edad, escapaban de la situación de violencia y de ser forzados a pertenecer a alguna de las pandillas que controla su ciudad e origen. A través de una relación cercana con los niños durante todo el proceso de solicitud de refugio, realicé historias de vida y analicé su contienda, desde una antropología del poder y de los sentimientos.
Los niños de los que hablaré son un ejemplo, tal vez uno de los más descarnados, de las perversas formas de gubernamentalidad en que se han transferido a los sujetos las responsabilidades que la sociedad debe asumir y en particular del estado. Ellos son un resultado absurdo de la marginalidad, la discriminación y la violencia, que se ha convertido de una situación de excepcionalidad a una condición estructural, en la que los menos favorecidos cargan con las tareas que una sociedad enriquecida ha dejado a las mayorías desposeídas. Mediante esta carga de responsabilidad, el Estado supone que los sujetos tienen la obligación de ejercer su libertad, cuando se les ha desprovisto de todo aquello que les provee de autonomía. Se trata de niños sin padres, o con padres distantes, que se proponen a trabajar, que deciden salir de una situación de violencia y así emprenden una aventura migratoria.