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A finales de los 50, ocurre un cambio del cine de género (star-system
de los 40) y vemos un auge del cine de autor. En 1958 se creó la
Asociación Latinoamericana de Cineastas Independientes, antecedente
del Primer Encuentro de Cineastas Latinoamericanos de Viña del Mar.
Latinoamérica avanzaba hacia un “tercer cine” que no fuera ni de
género ni de autor, a su vez, la impronta del neorrealismo italiano
con su mirada documental marcaba a varias de las nuevas corrientes y a
los cineastas en Cuba, entre ellos a Humberto Solás. Si en otros
países de la región el resurgir del cine regional exaltaba la función
social del cine y del cineasta, con cierto menosprecio de lo formal,
de alguna manera – intuitiva- Solás ya entonces se distanciaba en su
labor de las ideas del Nuevo Cine Latinoamericano. Su admiración por
Glauber Rocha y su “estética de la violencia” crea un nexo emocional
entre dos cinematografías –cubana y brasileña- de naciones con
ingredientes étnicos análogos. Mientras las cinematografías
latinoamericanas en los años sesenta se centraron en las ideas
políticas y la conflictividad social el contexto cubano redirigía las
opciones en otras direcciones a medida en que la década llegaba a su
culminación. Con Manuela (1966), Solás inicia un ciclo de búsqueda de
la identidad nacional que pasa por Lucía (1968), llegando a un cierre
de ciclo socio-político-sensorial dentro de las dinámicas del contexto
cubano-latinoamericano con el documental Simparelé, sobre las luchas
de Haití, que cierra con el largometraje Cantata de Chile (1974).