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Desde que la administración calderonista declarara la llamada “Guerra contra el narco” en 2006, como un mecanismo de legitimación ante un país dividido políticamente, la literatura, entre otros productos culturales de alto impacto como el cine y la música, ha construido diversos discursos que responden a la realidad violenta de México. El mini boom editorial de las narconovelas que se extendió desde la frontera sur de Estados Unidos hasta los mercados sudamericanos, especialmente en Colombia y Brasil, es un claro ejemplo de que la novela como género germinó en tierra fértil. Por otro lado, en este trabajo arguyo que, ante las limitaciones de la novela como objeto textual para explorar a fondo las causas y consecuencias profundas de la violencia en México en tiempos recientes, la poesía y los libros intergenéricos que privilegian a su vez el lenguaje poético como vehículo de escritura del afecto, han configurado un lenguaje eficaz y mucho más asertivo que las narrativas más comerciales entre las que se cuentan la novela, la crónica y el testimonio o memoria. Propongo entonces tres características que definen estos textos. Primero, que dan prioridad a las consecuencias de la violencia por sobre las causas, otorgándole protagonismo a la víctima, no al victimario. Segundo, ponen en entredicho la centralidad tradicional del autor individual para explorar modos discursivos más plurales e incluyentes y sus modos de circulación. Tercero, construyen un lenguaje del dolor, un lenguaje intersubjetivo que usa el cuerpo como un elemento simbólico central para configurar una fenomenología del horror.