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Hacer cine no es tarea fácil y mucho menos cuando se trata de hacerlo bajo un régimen que vigila con lupa cada movimiento que se hace para llegar a imponer su censura en cualquier momento. Los personajes de La piel y la máscara (1996) del cubano Jesús Díaz interpretan, a su vez, personajes de una película que se va rodando a lo largo de la narración. Con la angustia de quien quiere dar un mensaje y trasmitirlo antes de que sea condenado por no seguir los lineamientos de la ideología política o abatido por la escasez de recursos, el director intenta filmar su película para por fin poder decir, aunque lleno de temor por las consecuencias, “lo que le dé la real gana”.
En este texto que pasa constantemente de la realidad narrativa a la ficción de la película que filman, es imposible no cruzar otro puente entre ambas ficciones y la realidad de las circunstancias a las que se vio sometido el escritor de la novela. Tanto las presiones que los personajes se ven obligados a sobrellevar como lo vivido por Jesús Díaz -en principio ferviente entusiasta del régimen comunista y luego aplastado por compartir sus opiniones-, son prueba innegable de que el texto es una crítica con respecto a la supresión de derechos fundamentales en una miríada de niveles pero, sobre todo, en relación a la libertad de expresión e insinúa lo que le espera a quien se atreva a decir lo que piensa.