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Si bien el término ‘intelectual’ aparece tarde en el siglo XIX (a partir del “caso Dreyfus”, sobre todo), la labor que desarrollan Francisco Zarco (1829-1869) e Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893) como “hombres de ideas”, durante los dos primeros tercios del siglo XIX mexicano, es de tal magnitud que obliga a concebirlos como antecedentes naturales de los “intelectuales” denominados oficialmente con este término hacia el final del siglo. Por otro lado, la Academia de Letrán (1836-1840) representa, como institución, una empresa sin cuyos intercambios y apropiaciones no existiría la literatura mexicana (como claramente sostiene José Emilio Pacheco); más allá, la tolerancia política, la libertad de expresión, la polémica y el nacionalismo como divisa son algunas de las herencias que la Academia de Letrán deja a la literatura mexicana en su etapa de constitución, independencia y primer desarrollo. La historia de las ideas y de los hombres de ideas de la república literaria del siglo XIX mexicano (una historia que alcanza el siglo XX) no se explican sólo por la Academia de Letrán, pero no se podrían entender sin ella. Fundadores del estado nacional y de su sistema de gobierno, Zarco y Altamirano son, además, impulsores de órganos de difusión de las ideas liberales, políticos, y hombres de pluma y de espada. La modernidad y la diversidad de la obra periodística de Zarco, así como la influencia y el peso de la obra de Altamirano (la periodística, la literaria, la política, la cultural) reclaman una reflexión a propósito de su papel como “intelectuales” (léase, para los términos decimonónicos, hombres de ideas, políticos, hombres de letras) y de sus deudas con la Academia de Letrán.