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Para el ciclo que implica la renovación moderna del cine argentino, la década del sesenta es epicentro temporal de una serie de procesos de visibilidad muy potentes. El ascenso de la ciudad como objeto de pensamiento audiovisual tal vez sea el más importante, el continente de una serie de problemas concomitantes, su lecho espacial. Esa especialidad urbana tiene forma de recorridos. Se vertebra, “hace mapa”, a partir de formas fluyentes, tipos de movimientos, circulaciones y derivas. Tal como lo plantea Domènec Font los postulados “hombre que marcha” y “espacio urbano” implican al proyecto del cine moderno en toda su magnitud. Eso sucedió: una toma de la ciudad. Para el cine argentino este proceso tiene su epicentro en la disruptiva, pero acotada y en cierto punto marginal, producción de la Generación del 60: ficciones preferentemente de tema urbano en las que los jóvenes (como un colectivo nuevo, un agente social agento a la pantalla como tal hasta ese momento) irrumpían proponiendo una pléyade de inquietudes propias. Cine sobre jóvenes hecho por jóvenes, entre las luces del centro. Luego, lo interesante de este proceso de figuración se puede verificar en los vectores que constituyen su dinamismo. A la proteica matriz de una ciudad que se alza como un relieve practicable (desde el pensamiento cinemático, como objeto de lenguaje), los jóvenes de los sesenta los que le ponen el cuerpo. Se constituye de este modo una Buenos Aires transitada, que es el marco de un nuevo cine, en la periferia de la modernidad.