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En “Las dos orillas” (1992), Jerónimo de Aguilar narra una contra-historia delirante de la conquista en la que, al final, un ejército maya-caribe conquista España. Esta hipotética conquista parte del imaginario político contemporáneo, y de esta manera resulta el revés de la verdadera, tan desconcertante para el presente. De esta manera, Fuentes construye un relato que podría encajar bien tanto con la representación oficial del pasado indígena de México y con la ideología progresista del presente: al conquistar España, se evitarían los males de la modernidad.
Sin embargo, no le es permitido al lector complacerse ante este final porque no resultan creíbles ni coherentes el narrador y la trama. Más bien se genera tensión entre el querer creerle al relato y el no poder lograrlo, si bien el desenlace se parece a una lógica compensatoria bastante común (e.g. que la lengua supo adaptarse y enriquecerse a pesar de la violencia que la engendró) y comparte los lugares comunes de la representación indígena (e.g. que los redentores no sean indígenas, y que apenas hablen los indígenas).
Si el lector culto contemporáneo no puede rechazar del todo la utopía de una conquista en nombre de sus valores, el relato mismo deja claro que esos valores quedan fuera de lugar en la historia que se cuenta. De esta manera, se señala el aparato ideológico que estructura nuestra relación a y reconstrucción del pasado. Es el presente mismo lo que resulta anacrónico, es decir impensable a partir de la teleología que anima el relato.