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En el pensamiento político venezolano decimonónico se evidenciaron dos horizontes sobre cómo organizar la convivencia en la nueva república. El primero enfatizó la consagración política del ciudadano al bien común, en una idea de vida simple y lo que denomino frugalidad espartana. Allí, el trabajo supondría cooperación social para la subsistencia básica, costumbres uniformes y sujeción del ciudadano a la comunidad. El segundo planteó la necesidad de disponer de ciudadanos propietarios, autónomos, responsables del esplendor de la república fundamentado en el trabajo, a su vez generador de cooperación social en un entorno diverso. En ese campo, se entendía legítima toda aspiración a disfrutar del beneficio generado por el esfuerzo propio, siendo ostensible además la relación entre propiedad, independencia material y libertad individual. De acuerdo con este segundo horizonte, la consecuencia indirecta e involuntaria de toda inclinación egoísta en búsqueda de ventajas individuales, fundamentadas en el trabajo virtuoso, sería el bien común. En tal sentido, el trabajo era interpretable como el deber cívico de cuidar de sí mismo y proveer al Estado tanto de ciudadanos autónomos generadores de grandeza republicana, como de guardianes de la libertad común, ya que, en tal perspectiva, solo quien tuviese algo que perder estaría especialmente interesado en preservar el orden republicano como sistema racional legal de derechos. Analizo las tensiones presentes entre tales concepciones sobre el trabajo como valor cívico, su resonancia en la articulación de los discursos políticos de mediados del siglo XIX venezolano, y su consistencia respecto a los supuestos esenciales del republicanismo.