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La elección de Salvador Allende como presidente de Chile en septiembre de 1970, desconcertó a la mayoría de los gobiernos europeos, a los del mundo iberoamericano y, desde luego, al norteamericano. En plena Guerra Fría, un marxista declarado llegaba al poder por medios pacíficos, ofreciendo una alternativa a la Cuba de Castro y aunque, en un principio, su discurso no resultó belicoso, la opinión generalizada apuntaba al ejercicio de una política exterior ideologizada y radical. Dichas aprensiones fueron especialmente notorias en las cancillerías española y argentina, poco después de la elección, sin embargo y aunque resulte paradójico, la relación establecida entre el Chile de Salvador Allende y la España del general Franco, por una parte, y la Argentina del general Lanusse, por otra, fue óptima. Para entender por qué dos dictaduras de derecha y un gobierno "revolucionario" cooperaron más allá de la ideología, se vuelve fundamental advertir que en los tres países se manejaba una idea similar respecto al papel del Estado (planificador y motor del desarrollo) y, sobre dicha base se articularon con extraordinario pragmatismo los distintos intereses.