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El género testimonial nace en Latinoamérica luego de que el autor Miguel Barnet redondeara sus premisas en Biografía de un cimarrón (1966) y de que la institución cultural cubana Casa de las Américas estableciera la categoría Testimonio dentro de sus distinciones literarias. A pesar de que el testimonio aparece en los sesentas y setentas como un aliento de esperanza para las clases subalternas bajo la promesa de una alianza con los sujetos intelectuales, cuando cruza la frontera hacia la academia del Norte, su poder subversivo es decapitado y puesto al servicio de intercambio intelectual y mercantil. No obstante, en el Sur su nacencia se nutre de otros movimientos sociales y literarios de índole colaborativa, como el método de investigación participativa acuñado en Colombia por el sociólogo Orlando Fals Borda. A través de la reflexión colectiva y la reconstrucción crítica de la historia y sus dinámicas de colonización, Fals Borda contribuye en la transformación de la sociedad campesina. La clave fundamental del método de investigación acción participativa (IAP) es el diálogo que genera entre intelectuales y miembros de estas comunidades campesinas. Dentro de este proyecto orgánico de Orlando Fals Borda, el testimonio recupera su poder subversivo y nos permite visualizarle desde el Sur como una potente herramienta epistémica para los campesinos. Lejos de seguir tratando el testimonio como producto estético enajenado o herramienta institucional académica, el objetivo aquí es replantear los alcances epistémicos de un discurso identitario que surge en el proceso de lucha campesina en el caribe colombiano.