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Por espacio de más de medio siglo, las relaciones entre Cuba y Estados Unidos han constituido, más que un simple y añejo rejuego político, un suceso que ha acarreado nefastas consecuencias para varias esferas de la vida social y cultural de la nación cubana.
En ese contexto, el deporte, fenómeno legitimado a través de la historia como parte indisoluble de nuestra idiosincrasia, ha padecido, en todos sus niveles y estructuras, la compleja relación entre ambos países. Visas negadas a atletas, limitaciones para la participación en competencias, imposibilidad de inserción en los circuitos del deporte profesional estadounidense y constantes deserciones, marcadas en gran medida por la existencia de la Ley de Ajuste Cubano, resultan algunos elementos que, paulatinamente y con especial énfasis luego del derrumbe del campo socialista en Europa del Este y la desaparición de la Unión Soviética, han incidido en la disminución de los resultados de Cuba en la arena internacional.
De igual forma, la tensa relación entre ambas naciones ha repercutido directamente en el mal estado y el deterioro de miles de instalaciones deportivas, situación que ubica a Cuba como un país que, en la actualidad, carece de condiciones, infraestructura y centros de desarrollo tanto para el deporte base como para el de alto rendimiento.
Por otra parte, el desarrollo de una política rígida y poco flexible por parte de las autoridades del deporte cubano ha ahondado los males de un movimiento deportivo cuya esperanza de recuperación pasa, necesariamente, por firmar la paz con el viejo “enemigo”.
El presente panel analizará cómo y cuánto el proceso de restablecimiento de las relaciones, iniciado el 17 de diciembre de 2014, entre Cuba y Estados Unidos, y su posterior dinámica, puede revertir la situación del deporte cubano, otrora potencia y hoy en plena decadencia.