Search Tips
Virtual Exhibit Hall
Hemos entrado a una época en que las “luchas por los derechos”—lema tan familiar en los movimientos progresistas—han sido seriamente cuestionadas. Por un lado, con el giro hacia la derecha en casi toda la región, las conquistas de derechos—siempre acotadas en su alcance—están sujetas a procesos dramáticos de deterioro. Por otro lado, la idea misma de derechos específicos, otorgados por un Estado como respuesta a reclamos basados en la diferencia cultural, están sujetos a cuestionamientos cada vez más profundos: por depender de Estados que son perpetuadores de violencia, desigualdad y despojo; y porque el proceso mismo de reclamo tiende a reforzar jerarquías internas y fragmentaciones, en vez de movimientos amplios y unificados. Sin embargo, esta última crítica evoca los riesgos del reduccionismo de clase y de posiciones alineadas con los privilegios de siempre, opuestas a la interseccionalidad. Teóricos como Asad Haider, que enmarcan su crítica a la política de la identidad en un “universalismo insurreccional” en vez del lenguaje estándar liberal, dejan más espacio para diálogo, pero no eliminan para nada la preocupación de un “retroceso” hacia las izquierdas trasnochadas. Basándome en las conclusiones de un proyecto de investigación recién concluido de la Red de Acción y de Investigación Antirracista (RAIAR), exploro líneas de praxis más allá de esta dicotomía, identificando principios que podrían unificar a diversos sectores en lucha por el buen vivir, sin recurrir a “derechos,” rehusando la dependencia de un esquema de derechos para los cuales un Estado termina siendo el árbitro.