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En el contexto del proceso modernizador que vivió la Argentina entre fines del siglo XlX y principios del siglo XX, el arte popular resultó un vehículo privilegiado para dar cuenta de las desigualdades sociales que dicho proceso producía. Fue empleado por el anarquismo para protestar contra el sistema, como lo revelan las “Milongas anarquistas”, suscriptas por “Un pobre gaucho” aparecidas en el periódico El Perseguido en 1893, la Carta gaucha de Juan Crusao en 1922, o aun la película de Humberto Cairo, Eduardo Martínez de la Pera y Ernesto Gunche Nobleza gaucha (1915), en donde la pluma del multi-artista libertario José González Castillo se anima a mostrar en su guión el triunfo gaucho sobre el patrón y sobre la ciudad. En el tránsito hacia la mitad del siglo XX el arte popular siguió ocupándose del conflicto social, pero lo hizo desde posiciones alternativas más conservadoras, que buscaban la superación del conflicto de clases a través de la cooperación. En ese proceso fue una figura central el también multi-artista Homero Manzi, radical que viraría hacia el peronismo, que en la remake de Nobleza gaucha (1937) como guionista, o en El último payador (1950), ensayó soluciones que acompañaban las políticas públicas en esa época se desarrollaban en el país.